Cuando Canterbury entra en San Pedro: León XIV, Sarah Mullally y el coraje de la esperanza ecuménica.

León XIV y Sarah Mullally, la primera mujer arzobispa de Canterbury: un encuentro histórico que redefine el futuro del diálogo católico-anglicano.

Vía Equipo Bíblico
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El 27 de abril de 2026, ocurrió algo casi imposible bajo la cúpula de Miguel Ángel. Una mujer —la primera en ocupar el cargo de Arzobispa de Canterbury desde Agustín en el siglo VI— se arrodilló en oración en la Basílica de San Pedro. Sarah Mullally, la 106.ª Arzobispa de Canterbury, se encontraba en una peregrinación de cuatro días a Roma, donde fue recibida por el Papa León XIV en un encuentro que los historiadores de la Iglesia recordarán durante mucho tiempo. Cinco siglos de solemne silencio —desde que Enrique VIII rompió con Roma en 1534— ensombrecieron aquel momento. Y, sin embargo, sucedió.

Sería tentador catalogar este encuentro como un mero gesto diplomático, una bonita fotografía para la prensa. Eso sería un grave error. Lo que ocurrió en Roma a finales de abril poseía una profundidad teológica y espiritual que los medios no han logrado captar. Es esta profundidad la que deseamos explorar aquí, ahora que los frutos de este encuentro apenas comienzan a madurar.

El peso de un paso: comprender la magnitud histórica

Cinco siglos en un solo gesto

Para comprender la importancia de la visita de Sarah Mullally al Vaticano, es necesario remontarse no solo a la Reforma inglesa, sino también al contexto teológico que precedió al cisma. La ruptura de Enrique VIII con Roma en 1534 no fue, en sus orígenes, una ruptura doctrinal en el sentido luterano del término. Fue principalmente política: una disputa sobre la sucesión dinástica y el poder matrimonial. Sin embargo, este acto puramente humano engendró cinco siglos de separación, desconfianza mutua, guerras religiosas en Inglaterra y excomuniones recíprocas.

Es en este contexto que la visita del Arzobispo de Canterbury adquiere toda su relevancia. No se trata simplemente de otra «cumbre interreligiosa». Es el regreso de una iglesia hija, no en señal de sumisión —eso sería malinterpretar la eclesiología anglicana— sino en una peregrinación fraterna a la tumba de Pedro. Y León XIV, lejos de recibir esta visita con la condescendencia de un vencedor, «manifestó su alegría» —un término notable para un acto oficial— y ambos expresaron su «deseo de continuar los esfuerzos de acercamiento».»

Este vocabulario no es insignificante. En el lenguaje vaticano, donde cada palabra se sopesa, "alegría" (Gaudium) y "voluntad" (testamentosEstos términos teológicos están cargados de significado. Se refieren a la esencia misma de la esperanza cristiana, esa virtud que san Pablo describe en la Epístola a los Romanos como un ancla que «no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo» (Rom 5,5). La unidad de los cristianos no se fundamenta en protocolos, sino en esta confianza fundamental de que el Espíritu siempre precede a la humanidad.

El contexto de una aceleración histórica

Esta visita no surgió de la nada. Forma parte de una serie de acontecimientos extraordinarios. Ya en octubre de 2025, el rey Carlos III se convirtió en el primer monarca británico en orar públicamente con un papa desde el cisma del siglo XVI, en la mismísima Capilla Sixtina, durante una ceremonia que fusionó tradiciones católicas y anglicanas. Esta oración, centrada en la protección de la creación, puso de manifiesto la creciente convergencia de ambas Iglesias en importantes cuestiones éticas globales.

En enero de 2026, Sarah Mullally asumió oficialmente el cargo tras su entronización en la Catedral de Canterbury en marzo, ante unos dos mil fieles, entre ellos el príncipe Guillermo y su esposa. Por primera vez en cinco siglos de historia, una mujer ostentaba la Sede de Agustín. A partir de entonces, su llegada a Roma adquirió un doble significado simbólico: representaba no solo a la Iglesia Anglicana, sino también, en su propia persona, uno de los temas doctrinales más delicados del diálogo ecuménico: el del ministerio ordenado de las mujeres.

La Comisión Internacional Anglicana-Católica Romana (ARCIC), establecida en 1967 tras el histórico encuentro entre el arzobispo Michael Ramsey y el papa Pablo VI, lleva más de cincuenta años trabajando para estrechar los lazos entre ambas confesiones. En mayo de 2024, su tercera fase de diálogo seguía celebrándose en Estrasburgo para abordar el discernimiento ético compartido. Estas décadas de perseverancia teológica constituyen la base sólida sobre la que se asientan las reuniones de 2025-2026.

Los obstáculos restantes: franqueza y claridad en el diálogo.

Los nuevos problemas que nos dividen

León XIV fue claro, con una franqueza propia de su incipiente pontificado: «En las últimas décadas han surgido nuevos problemas». No los mencionó explícitamente durante el encuentro público —la diplomacia papal tiene sus reglas—, pero nadie ignora cuáles son. Dos cuestiones resumen los desacuerdos actuales: la ordenación de mujeres al episcopado y la bendición de las uniones entre personas del mismo sexo.

En cuanto al primer punto, la Iglesia de Inglaterra dio el paso en 2014 al autorizar a mujeres obispos, y la propia Sarah Mullally representa la culminación de esta evolución. La Iglesia Católica, por su parte, sostiene que la ordenación sacerdotal y episcopal está reservada a los hombres, una postura confirmada por Juan Pablo II en la carta apostólica. Ordinatio Sacerdotalis de 1994 — una decisión que el Magisterio califica de definitiva. Esta divergencia no es superficial: afecta a la concepción misma del sacramento del Orden Sagrado y a la hermenéutica de la Tradición.

En cuanto al segundo punto, la Iglesia de Inglaterra votó en febrero de 2023 —no sin importantes tensiones internas, con 571 votos a favor— para permitir la bendición de parejas del mismo sexo durante las ceremonias litúrgicas, manteniendo al mismo tiempo que el matrimonio sigue siendo una unión entre un hombre y una mujer. Esta decisión, bien recibida por algunos dentro de la Comunión Anglicana y fuertemente rechazada por otros (en particular las provincias del África subsahariana), ha ampliado aún más la brecha con Roma. La Iglesia Católica, por su parte, aclaró con Fiducia suplicantes (diciembre de 2023) que ella puede bendecir a las personas en una situación irregular, pero no a los sindicatos mismos.

Claridad sin desesperación

Ante estos obstáculos, la tentación es doble: o bien minimizarlos con un ingenuo entusiasmo ecuménico, o bien absolutizarlos hasta el punto de imposibilitar todo diálogo. El auténtico camino católico rechaza ambos extremos. Juan Pablo II lo formuló precisamente en Ut unum sint (1995): «Nuestra comunión imperfecta no debe impedirnos caminar juntos». Esta afirmación no es una capitulación doctrinal. Es el reconocimiento de que la unidad visible de la Iglesia es a la vez un hecho escatológico —propio de la plenitud de los tiempos— y una tarea concreta, diaria y exigente.

Al teólogo Yves Congar, uno de los arquitectos de la renovación ecuménica católica, le gustaba distinguir el nivel de la verdad y el nivel de la caridad. No se puede sacrificar una cosa por la otra. Pero tampoco se puede pretender servir a la verdad absteniéndose de la caridad fraterna. Este es precisamente el equilibrio que León XIV parece buscar en sus sucesivas acciones desde su elección.

Es significativo, en este sentido, releer la Segunda Carta a los Corintios, donde Pablo exhorta a la comunidad, desgarrada por las divisiones, a dejarse "reconciliar con Dios" (2 Cor 5:20). El apóstol no pide la eliminación de las diferencias: pide la conversión del corazón que permite, a pesar de las diferencias, reconocerse unos a otros como portadores del mismo Evangelio. Es este movimiento de conversión mutua —lo que el vocabulario ecuménico llama la metanoia — que es la verdadera fuerza motriz del diálogo entre católicos y anglicanos.

Los frutos ya son visibles: León XIV practica lo que predica.

Un papa que actúa desde dentro

La importancia del encuentro con Sarah Mullally quedaría incompleta si se analizara de forma aislada del estilo singular del pontificado de León XIV. Este papa, cuya elección en mayo de 2025 sorprendió a muchos, está construyendo su magisterio mediante una coherencia entre gestos simbólicos y decisiones institucionales. Y el nombramiento, el 2 de junio de 2026, de María Montserrat Alvarado como Prefecta del Dicasterio para la Comunicación —la primera laica en dirigir un dicasterio de la Santa Sede— ilustra claramente esta idea.

Este nombramiento no fue producto de la época. Es una respuesta interna a un desafío externo. Recibir a una mujer —y, además, a una mujer que ha ejercido autoridad pastoral y episcopal en su propia Iglesia— como líder espiritual de la Comunión Anglicana, y luego, tres días después, confiar un puesto de liderazgo destacado a una laica dentro del propio Vaticano: esta coherencia no es casual. Es señal de un pontífice que contempla posibles transformaciones sin poner en tela de juicio los fundamentos doctrinales.

Ciertamente, Montserrat Alvarado dirige un dicasterio de comunicación, no doctrinal. Ciertamente, el nombramiento de una laica, incluso una de alta responsabilidad, no dice nada sobre la cuestión del ministerio ordenado. Pero envía una señal que el diálogo ecuménico puede descifrar: la Iglesia católica no es ajena a la evolución de las responsabilidades de la mujer, siempre que esta evolución se produzca en fidelidad a su propia tradición teológica.

Testigos juntos en un mundo secularizado

En los análisis del diálogo católico-anglicano, a menudo se pasa por alto una dimensión crucial: la razón concreta de su urgencia. No se trata simplemente de una cuestión eclesiológica abstracta, sino de la presencia cristiana en un mundo que se seculariza rápidamente. Tanto en Inglaterra como en Francia, en Bélgica como en Australia, las iglesias cristianas se enfrentan a la misma hemorragia silenciosa: la pérdida de fieles, la interrupción de la transmisión de la fe y el cierre de parroquias.

En este contexto, todo acto de división entre los cristianos es un lujo que el Evangelio no permite. León XIV y Sara Mullally lo expresaron en un lenguaje común durante su encuentro: "superar las diferencias para ser testigos juntos". Esta formulación —testimonio común (martirio (en la tradición griega) — es una de las tres formas fundamentales de unidad que propone el ecumenismo contemporáneo, junto con la oración común y el servicio fraterno.

Quizás este sea el fruto más valioso de la reunión de abril: no un acuerdo doctrinal firmado ni un comunicado de prensa, sino la confirmación de que dos Iglesias separadas durante cinco siglos pueden mirarse y decir: compartimos el mismo Señor, la misma esperanza escatológica y la misma urgencia misionera. La Epístola a los Efesios expresa esta realidad con especial fuerza cuando Pablo habla de «un solo cuerpo y un solo Espíritu, así como ustedes fueron llamados a una sola esperanza» (Efesios 4:4). Esta unidad de vocación precede a todas las divisiones históricas. No las borra, sino que las pone en perspectiva, a la luz del objetivo común.

Lo que el futuro podría deparar

La pregunta que surge naturalmente es qué sigue. ¿Adónde conduce concretamente esta dinámica? El diálogo ARCIC, que actualmente trabaja en la cuestión del discernimiento ético compartido, podría conducir en los próximos años a una declaración conjunta sobre los valores fundamentales que unen a católicos y anglicanos ante los desafíos del mundo contemporáneo. Esto no sería una unidad plena y visible —que pertenece a Dios—, pero sí un paso más en el camino que abrió Juan Pablo II y que sus sucesores se negaron a abandonar.

El nombramiento de un papa estadounidense procedente de una congregación misionera —los Agustinos de la Asunción, según la información que circula sobre él— es significativo en este sentido. Un pontífice formado en la escuela de la misión no concibe la unidad como una victoria ideológica, sino como una necesidad evangélica. Y si León XIV recibió con alegría a Sarah Mullally, es porque sabe, profundamente en su fe, que Cristo no oró para que su Iglesia fuera la más poderosa, sino para que «todos sean uno» (Jn 17,21); esta oración da título a la gran encíclica ecuménica de Juan Pablo II, y sigue siendo, para toda la Iglesia, tanto un programa como una promesa.

El camino es largo. Los obstáculos son reales. Pero algo cambió en la Basílica de San Pedro el 27 de abril de 2026. Una mujer se arrodilló ante la tumba del apóstol Pedro, representando cinco siglos de una Iglesia hermana. Y un papa sonrió. En el lenguaje del Espíritu, eso también es teología.

✝ Referencias bíblicas

3 pasajes · 3 libros
Romanos
📖 Códice — Libro bíblico

Pablo de Tarso · 57 d.C. · 433 versículos

El justo vivirá por la fe. (Romanos 1:17)

La gran síntesis teológica de Pablo: el pecado, la gracia, la justificación y la vida en el Espíritu.

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🇬🇧
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Minoría
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10 %
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69,3 millones de habitantes.
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22
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4
✨ Santuarios
3
✝ Santo Patrón
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👥 Población
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⛪ Diócesis
1
🌟 Santos
9
✨ Santuarios
6
✝ Santo Patrón
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