Cuando el obispo responde al Papa: Paz etíope, una palabra hecha carne.

Cuando el obispo responde al Papa: Paz etíope, una palabra hecha carne.

Los obispos de Etiopía responden a León XIV: perdón, verdad y ayuno ante la guerra de Tigray. Un mensaje de reconciliación que debe ser recibido.

Vía Equipo Bíblico
15 Lectura mínima

Salmos 68, 32

32Que la gran venganza de Egipto, que Etiopía busca extender sus manos a Dios.

Jonás 3:7–8

7Hubo un clamor en Nínive, y por decreto del rey y sus nobles, se pronunciaron estas palabras: «Ni hombre ni bestia, ni bueyes ni ovejas, probarán nada, ni comerán, ni beberán agua, 8¿Qué es el cubo de pelo, tanto de hombres como de animales; que claman a Dios con fuerza; y que cada uno es parte de nuestros malos caminos y de los actos violentos que nuestros hombres inventan?.

2 Corintios 5:18–19

18Todo esto viene de Dios, quien nuestra reconciliación es consigo mismo por medio de Jesucristo y nos dio el ministerio de la reconciliación. 19Porque Dios estaba reconciliando al mundo con el mismo en Cristo, sin perder los pecados de los hombres, y poniendo en nuestros labios el mensaje de reconciliación.

Hay ecos que tienen más peso que la voz inicial. El miércoles 30 de septiembre, desde la Plaza de San Pedro, León XIV expresó su preocupación por la reanudación de las hostilidades en Tigray, Afar y Amhara. Dos días después, los obispos católicos de Etiopía respondieron desde la nación herida con un llamamiento pastoral a la paz y la reconciliación. Cuando un papa habla desde lejos, se le escucha. Cuando los pastores de un pueblo hacen eco de sus palabras en la lengua de sus fieles, el mensaje cobra sustancia. Trasciende el ámbito de la exhortación internacional y se convierte en un compromiso local, firmado por quienes sufrirán las consecuencias.

Este eco no es meramente un eco. Los combates se reanudaron el 23 de septiembre entre el gobierno federal y el Frente de Liberación Popular de Tigray. Esto rompe el acuerdo que puso fin a la guerra de 2020-2022, que se estima que cobró al menos 600.000 vidas. Como ha dicho el Papa, los conflictos armados nunca resuelven los problemas; los agravan, dejando un rastro de muerte, destrucción y resentimiento. Los obispos de Etiopía reiteraron esta valoración y añadieron lo que Roma no pudo decir en su nombre: la paz de la nación es una responsabilidad compartida por todos.

Una iglesia minoritaria que habla en nombre de todos.

Una voz que no reclama lealtad a ningún bando.

Los obispos se dirigen primero a todas las partes, sin nombrar a ninguna. Piden que cada uno considere la vida de los demás como propia y el sufrimiento ajeno como propio. Esta moderación no es timidez. En un país con múltiples identidades, cualquier etiqueta puede convertirse en un arma. La Iglesia Católica en Etiopía es una pequeña comunidad en medio de una población predominantemente cristiana ortodoxa, con importantes minorías musulmanas. Su fuerza no reside en su número, sino en su capacidad para mantenerse en el punto medio sin traicionar la verdad.

Esta postura evoca una enseñanza bíblica que a menudo se pasa por alto. El Salmo 68 dice: «Cush extenderá sus manos a Dios» (Sal 68:32). Cush es la tierra que la tradición asocia con Etiopía. El salmista ve a este pueblo con las manos abiertas, extendidas hacia el cielo, mientras que muchas otras tienen las manos cerradas, empuñando armas. Esta imagen es muy significativa sobre lo que piden los obispos. Las manos que Dios espera son las que están abiertas.

El mismo verbo para todos: abrir el corazón

El llamamiento invita a todos a abrir sus corazones al perdón y la reconciliación, y a renovar el espíritu de fraternidad. La redacción es precisa. No pide principalmente que se depongan las armas, sino que se abran los corazones. El orden es el del Evangelio: la violencia que estalla es el epílogo de un cierre interior, y la paz comienza con la conversión. Los pastores no son ingenuos. Saben que un alto el fuego sin un corazón abierto es simplemente una tregua, es decir, un tiempo para rearmarse.

Agustín de Hipona ya había definido la paz como la «tranquilidad del orden». Quería decir que no se trata simplemente del silencio de las armas. Presupone que cada persona, cada pueblo, ocupa el lugar que le corresponde ante Dios y ante los demás. Los obispos etíopes retoman esta idea a su manera, con el cuarteto que puntúa su texto: una paz arraigada en la verdad, la justicia, el perdón y la reconciliación. Si se elimina uno de estos cuatro elementos, toda la estructura se derrumba.

Los más vulnerables en la primera fila

Los obispos lamentan que el conflicto armado esté afectando primero a los más vulnerables: niños, enfermos y familias desplazadas. Si bien esto es una constante en la doctrina social, aquí dista mucho de ser abstracto. El eparca de Adigrat, monseñor Tesfaselassie Medhin, informó que se encontraba completamente aislado, con las comunicaciones interrumpidas y sin contacto con nadie. Solicitó urgentemente acceso humanitario y diálogo en todas sus formas. Añadió que la Iglesia permanece en su lugar, junto al pueblo, a través de una presencia que es misión de encarnación.

Este testimonio arroja luz sobre el llamamiento de los obispos. Hablar de paz desde Addis Abeba también significa hablar por aquellos cuyas voces han sido silenciadas. Cuando las líneas telefónicas se caen, la voz de los obispos es una de las últimas en romper el silencio. No se trata de un simple comunicado de prensa, sino de un servicio: dar voz a quienes ya no la tienen.

Reconciliación, una promesa confiada a alguien.

Él puso en nosotros la palabra de reconciliación.

San Pablo escribe a los Corintios: «Dios nos reconcilió consigo mismo por medio de Cristo y nos dio el ministerio de la reconciliación» (2 Cor 5:18-19). El texto no dice que Dios nos esté encomendando un proyecto o una estrategia; nos está encomendando una palabra. La reconciliación, por lo tanto, no es principalmente un acuerdo entre partes en conflicto, redactado por diplomáticos. Es una palabra recibida, que llevamos con nosotros y de la cual somos responsables.

Aquí es donde el mensaje episcopal adquiere su pleno significado. El Papa se ha dirigido a la comunidad internacional. Los obispos, por su parte, hablan a sus fieles y a todas las personas de buena voluntad con una sencilla petición: orar y ayunar. Asumen lo que Pablo llama ministerio. Un ministerio no es una opinión; es una responsabilidad que compromete la vida de quien lo recibe.

Una reconciliación que cuesta

Sería demasiado fácil convertir esta palabra en sinónimo de compromiso tibio. En las Escrituras, la reconciliación siempre tiene un precio. Para Pablo, costó la cruz. Para los etíopes, significó renunciar a una lógica de venganza alimentada por años de duelo. Quienes perdieron un hijo en la guerra anterior no oyen la palabra «perdón» como algo natural. La oyen como una exigencia casi insoportable.

Los obispos son plenamente conscientes de ello. Por eso vinculan el perdón con la verdad y la justicia, no con el olvido. Juan XXIII, en Pacem in terris, estableció estos pilares para el orden entre las naciones: verdad, justicia, caridad y libertad. La reconciliación etíope no puede eludir ninguno de ellos. Una paz que silencie a las víctimas sería ya una derrota, y una justicia sin caridad conduciría a un nuevo ciclo de venganza.

El perdón, este acto político

A veces se piensa que el perdón pertenece al ámbito privado. La enseñanza de la Iglesia afirma lo contrario. Pablo VI escribió que el desarrollo es el nuevo nombre de la paz. Podríamos añadir que el perdón es su primer paso preparatorio. En una sociedad fracturada, cada acto de perdón debilita el resentimiento colectivo. Un vecino que renuncia a la venganza desarma a una familia, y luego a toda una comunidad.

Imaginemos, por ejemplo, dos parroquias en regiones vecinas. Una ha perdido hijos en los combates, la otra acoge a familias desplazadas. Un sacerdote que organiza una comida compartida, una vigilia, una oración por los muertos de ambos bandos, no ha cambiado las líneas del frente. Sin embargo, ha logrado lo que los tratados no pueden: ha hecho posible que se miren entre sí. Es en estas pequeñas aperturas donde la palabra de reconciliación comienza a echar raíces.

Cuando el obispo responde al Papa: Paz etíope, una palabra hecha carne.

Ayuno y oración: el arma de los humildes

Nínive, la ciudad que dejó de luchar.

El llamado pide a todos los fieles que perseveren en la oración y el ayuno. No se trata de un mero ritual circunstancial. El Libro de Jonás ofrece la imagen más impactante de esta práctica. El rey de Nínive ordena que ni las personas ni los animales prueben nada, y que todos se aparten de sus malos caminos y de la violencia en sus manos (Jonás 3:7-8). Nótese la precisión: la violencia no es una idea; está en las manos. El ayuno de Nínive es inseparable de una acción concreta. Las manos sueltan lo que sostenían.

El texto añade que Dios vio sus obras y renunció al mal que había predicho. El mensaje es sencillo y exigente. El verdadero ayuno no es una privación que nos pone en orden con el Cielo. Es una transformación visible, que comienza en el estómago y se extiende hasta las manos. Los obispos de Etiopía no piden nada más: que el fervor se traduzca en el cese de la violencia.

Ora con el Papa, ora con el país.

El Papa León XIV reiteró, ese mismo día, su invitación a rezar el Rosario durante este mes de octubre. Esta coincidencia no es casual. El Rosario es la oración de quienes no pueden controlar los acontecimientos: se recita la misma súplica, cuenta por cuenta, sin pretender cambiar su curso por la propia fuerza. Es, a su manera, un ayuno de palabras. Le dice a Dios que uno no sabe y que se entrega a su voluntad.

Al unir su llamamiento al de Roma, los obispos etíopes fundamentan la oración en una comunión más amplia. Un fiel en Mekele, Adigrat o Addis Abeba que recita las décadas de oración no reza solo. Reza con miles de peregrinos en la Plaza de San Pedro y con católicos de todos los continentes. La comunión de los santos deja de ser una simple fórmula: se convierte en una red de vigilancia, tejida allí donde fallan las redes telefónicas.

Un gesto de un obispo en Uganda

El mismo día en que se difundió esta noticia, otro pastor africano recibió el cargo episcopal. Monseñor Buenaventura Bosco Gubazire, misionero en África, fue ordenado obispo de Kabale, Uganda, ante miles de fieles. Se convirtió así en el quinto obispo de esta diócesis, fundada en 1966. Durante su nombramiento, citó un proverbio: «Un solo dedo no recoge un grano», e hizo un llamado a la cooperación de todos. También habló de una diócesis inspirada por la justicia, la paz, la reconciliación y la hospitalidad.

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Este acercamiento no es meramente simbólico. Sirve como recordatorio de que el episcopado es un ministerio de comunión y que los pastores de África comparten la misma carga. El proverbio del obispo Gubazire expresa en una sola frase lo que el llamado etíope exige en varias páginas: nadie recoge la semilla de la paz solo. Se necesitan muchos dedos, por lo tanto, muchas manos abiertas, y estas manos, según el salmo, son las que Dios espera de Kush.

Qué podemos hacer a partir de hoy

Ora con precisión. Una oración por Etiopía no debe ser general. Oren por las familias que ya no pueden reunirse con sus seres queridos, por los sacerdotes y monjas que permanecen allí, por los niños privados de educación y atención médica. Oren también por quienes portan armas, pues sus corazones son el primer campo de batalla. Esta semana, elijan una decena del rosario para una región específica —Tigray, Afar o Amhara— y nómbrenla en voz alta.

Ayuno y generosidad. El ayuno de Nínive implicaba entregar las manos. El tuyo también puede manifestarse mediante la caridad. Lo que apartes de tu mesa un día a la semana, ofrécelo a una causa que apoye a las comunidades necesitadas. La Iglesia ha comprendido desde hace mucho tiempo que el ayuno sin limosna es incompleto. Sin embargo, ten en cuenta la fiabilidad de tus canales: las organizaciones eclesiales locales siguen siendo de los pocos colaboradores de confianza.

Dar voz. La reconciliación no es exclusiva de los etíopes. Todos experimentamos divisiones en nuestra familia, nuestra parroquia, nuestro lugar de trabajo. El ministerio del que habla Pablo nos concierne a todos. Este compromiso comienza con un llamado, una mano tendida, una palabra de perdón pronunciada a tiempo. Y si, pronto, las armas callan en Tigray, será también porque manos de todas partes del mundo se habrán unido.

Lectio divina

📜
Lectio - Lectura

«Dios estaba reconciliando al mundo consigo mismo, sin tomar en cuenta los pecados de los hombres. Y nos ha encomendado el mensaje de la reconciliación.» 2 Corintios 5:19

🧠
Meditatio — Meditar

¿Qué palabra ha puesto Dios en tu corazón y qué haces con ella cuando alguien te hiere? No busques primero las palabras adecuadas. Pregúntate quién, hoy, espera que des el primer paso. ¿Y si eres tú a quien Dios ha elegido para transmitir esa palabra?

🙏
Oratio — Orar

Señor, has puesto en mi boca una palabra que no inventé. Es frágil como un grano, pero trae paz. Mira a Cus, con las manos extendidas hacia ti, y a los que ya no pueden clamar. Abre mis puños como abriste los cielos de Nínive. Que mi silencio se convierta en oración, y mi oración, en un paso más. Protege a los pastores, a los niños, a las madres, y concédenos que ignoremos el mal, como tú lo haces.

✨
Contemplatio - Contemplar

Una mano abierta, colocada sobre la mesa, recibe el calor del pan partido.

✝ Referencias bíblicas

3 pasajes · 3 libros
2 Corintios
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Pablo de Tarso · 55–57 d. C. · 257 versículos

En la debilidad se perfecciona mi poder. (2 Corintios 12:9)

Defendiendo el apostolado de Pablo: fortaleza en la debilidad y un ministerio de reconciliación.

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Jonás
📖 Códice — Libro bíblico

Desconocido · Siglos V-IV a. C. · 48 versos

¿Y yo no debería tener compasión de Nínive? (Jonás 4:11)

La misericordia universal de Dios: el profeta recalcitrante y la conversión de Nínive.

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David y varios autores · Siglos X-IV a. C. · 2461 versos

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