- El fin de los monólogos: cómo las mesas redondas lo cambian todo
- El modelo antiguo: cuando hablar se sentía como una maratón.
- La nueva apariencia: por qué importa la geometría
- «"Non multa sed multum": el lema que cambia las reglas del juego
- Qué se pierde y qué se gana
- Un Papa que gobierna de manera diferente
- El hombre detrás del cambio: un viaje atípico
- La sinodalidad como ADN
- El legado de François, pero diferente.
- El método Prevost: escuchar y luego decidir
- ¿Qué está pasando realmente en estos círculos?
Imaginen una asamblea de cardenales. Probablemente se imaginen un gran salón, filas de asientos, una tribuna imponente y discursos que siguen un protocolo milenario. El 7 de enero de 2026, al cruzar el umbral del Aula del Sínodo en el Vaticano, los 245 cardenales descubrieron un escenario completamente diferente. Mesas redondas pequeñas. Sillas muy juntas. Grupos reducidos. Una escenografía que rompía con siglos de tradición.
Esto no es simplemente una cuestión de diseño de interiores. Detrás de esta elección aparentemente inocua se esconde una profunda transformación en la forma en que la Iglesia Católica podría gobernarse en los años venideros. León XIV, elegido papa ocho meses antes tras la muerte de Francisco, optó por modificar no solo la decoración, sino también las reglas del juego. Y esta revolución silenciosa podría redefinir el equilibrio entre la autoridad papal y la consulta colegiada.
El fin de los monólogos: cómo las mesas redondas lo cambian todo
El modelo antiguo: cuando hablar se sentía como una maratón.
Para comprender el significado del gesto de León XIV, primero hay que entender cómo era un consistorio tradicional. Imagínese sentado durante horas en una gran asamblea. Los cardenales se turnan al micrófono, hablando cada uno a su vez. Algunos preparan discursos de quince o veinte minutos. Otros hablan extensamente, improvisando. La asamblea escucha… o al menos intenta escuchar.
¿El problema? Este formato convierte la consulta en una serie de monólogos. El cardenal A expone su visión durante quince minutos. El cardenal B pasa a otro tema. El cardenal C retoma lo que dijo el cardenal A, pero nadie dialoga realmente. Es como ver una serie de charlas TED donde los ponentes nunca se dirigen directamente entre sí.
El resultado: intervenciones consideradas «siempre demasiado largas», una asamblea adormecida y un papa que, en última instancia, recibe una avalancha de opiniones individuales sin una verdadera deliberación colectiva. La información fluye en una sola dirección: de los cardenales al pontífice, pero no entre los propios cardenales.
La nueva apariencia: por qué importa la geometría
Al instalar mesas redondas, León XIV cambió la geometría del poder. Literalmente. Una mesa redonda es un símbolo ancestral —pensemos en el rey Arturo y sus caballeros— que transmite un mensaje sencillo: nadie es más importante que nadie cuando se sientan en círculo. No hay lugar de honor, ni jerarquía visible, solo personas mirándose a los ojos.
Pero más allá del simbolismo, existe una realidad práctica. Cuando seis u ocho personas se sientan alrededor de una mesa pequeña, no hay dónde esconderse. No se puede consultar discretamente las notas mientras un colega habla durante veinte minutos. Hay que estar presente, atento y receptivo. La conversación se vuelve real.
Esto es precisamente lo que busca el Papa: «Escuchar la mente, el corazón y el alma de cada persona; escucharnos unos a otros», como explicó en su discurso de apertura. Y añadió una restricción crucial: «Expresar solo lo esencial y muy brevemente, para que todos puedan hablar». En resumen: basta de discursos extensos, demos paso a intercambios concisos y contundentes.
«"Non multa sed multum": el lema que cambia las reglas del juego
León XIV citó a los antiguos romanos: «Non multa sed multum» – pocas cosas, pero mucha profundidad. Es toda una filosofía. En lugar de multiplicar temas e intervenciones, es mejor profundizar juntos en lo esencial.
Consideremos la diferencia entre una reunión de junta directiva tradicional, donde cada participante presenta una presentación de PowerPoint de treinta diapositivas, y una sesión de trabajo colaborativa, donde el equipo resuelve un problema en conjunto alrededor de una pizarra. En el primer caso, se obtiene mucha información, pero pocas decisiones. En el segundo, se ha construido algo verdaderamente colectivo.
Este cambio es precisamente lo que aporta el formato de mesa redonda. Los cardenales ya no se limitan a expresar sus opiniones al Papa. Se les invita a deliberar entre ellos, a comparar sus perspectivas y a desarrollar un entendimiento común. El Papa ya no recibe una recopilación de monólogos, sino el fruto de una conversación genuina.
Qué se pierde y qué se gana
Seamos sinceros: este nuevo formato también tiene sus limitaciones. En una asamblea grande y tradicional, aunque no todos escuchen todo, cada cardenal puede al menos oír todas las intervenciones. Con mesas pequeñas, solo se conversa con seis o siete personas. Inevitablemente, uno se pierde lo que se dice en las demás mesas.
León XIV se anticipó a esta objeción. Los temas ya estaban preparados. Los cardenales trabajaron inicialmente en cuatro asuntos: sinodalidad, misión, liturgia y la reforma de la Curia. Pero para este primer consistorio, solo se mantuvieron los dos primeros. ¿La razón? Es mejor profundizar en dos temas que tratarlos superficialmente.
Y, sobre todo, el Papa fue claro: «No debemos llegar a un texto, sino entablar un diálogo que me ayude en mi servicio a la misión de toda la Iglesia». No hay documento final que negociar, ni compromiso diplomático que alcanzar. Simplemente un diálogo sincero del que el Papa extraerá la base para sus propias decisiones.
Es una apuesta arriesgada. Algunos cardenales podrían sentirse frustrados por la falta de un registro escrito, de conclusiones oficiales. Otros podrían temer que sus ideas, expresadas en un círculo reducido, se pierdan entre el ruido. Pero también es una apuesta a la confianza: que confíen en que escucharé de verdad, no que simplemente cumpliré con un trámite burocrático.
Un Papa que gobierna de manera diferente
El hombre detrás del cambio: un viaje atípico
Para comprender por qué León XIV se atrevió a subvertir tan drásticamente las prácticas establecidas, debemos remontarnos a su historia. Robert Francis Prevost —su nombre de nacimiento— no era un príncipe típico de la Iglesia. Nacido en 1955 en Chicago, hijo de padre de ascendencia francesa e italiana y madre de ascendencia criolla de Luisiana, eligió un camino inesperado: las misiones.
A los 27 años, recién ordenado sacerdote, llegó a Perú. No a la cómoda capital, sino a las zonas rurales de los Andes, viajando a veces a caballo para llegar a comunidades aisladas. Pasaría allí trece años, creando centros de alfabetización, organizando brigadas médicas y compartiendo la vida cotidiana de las familias más pobres. Fue allí, en esas montañas peruanas, donde forjó su convicción: la Iglesia no se gobierna desde una sede romana; se vive en contacto con el pueblo.
Pero Prevost no es solo un misionero de campo. También posee una sólida formación en derecho canónico y experiencia en gobernanza. Durante doce años, dirigió la Orden de San Agustín a nivel mundial, gestionando una organización de varios miles de religiosos en todos los continentes. Y en este cargo, desarrolló su propio método singular: consultar ampliamente, escuchar atentamente y luego tomar una decisión.
Cuando el Papa Francisco lo llamó a Roma en 2023 para dirigir el Dicasterio para los Obispos —uno de los puestos más estratégicos del Vaticano, ya que es responsable de nombrar obispos en todo el mundo—, Prevost aportó este doble papel: el del misionero que cree en la estrecha colaboración y el del gestor que entiende que la colegialidad no es caos.
La sinodalidad como ADN
Si sigues las noticias católicas, sin duda habrás oído hablar de la sinodalidad. Se ha convertido en la consigna del pontificado de Francisco, y de León XIV, de hecho, es prácticamente su esencia. Pero, ¿qué significa en la práctica?
La sinodalidad es la idea de que la Iglesia no es simplemente una pirámide con el Papa en la cima y los fieles en la base. Más bien, es una red donde todos —obispos, sacerdotes, religiosos y laicos— participan en su misión y gobierno. Esto no se logra mediante el voto democrático (Prevost siempre fue claro: la Iglesia no es una democracia), sino mediante la escucha mutua, que permite que el Espíritu Santo se manifieste a través del «sensus fidei», el sentido de fe del pueblo de Dios.
Durante su etapa en el Dicasterio para los Obispos, Prevost aplicó este principio de forma muy concreta. Pidió a los nuncios —los representantes del Vaticano en cada país— que dejaran de limitarse a consultar a la élite eclesiástica a la hora de elegir un nuevo obispo. Quería que fueran a las comunidades, se reunieran con los feligreses y escucharan a los laicos. No para que votaran, sino para asegurarse de que el candidato elegido respondiera verdaderamente a las necesidades de la Iglesia local.
No se trataba solo de una bonita teoría. Bajo su liderazgo, el Dicasterio incluyó a tres mujeres —algo inédito— en el proceso de selección de obispos. Un gesto simbólico, pero también práctico: diversificar las perspectivas para evitar puntos ciegos.
El legado de François, pero diferente.
Se suele decir que León XIV siguió el camino trazado por Francisco. Esto es cierto… y a la vez falso. Ambos compartían una sensibilidad similar hacia los márgenes, una desconfianza similar hacia el clericalismo y un deseo similar de hacer de la Iglesia una institución menos jerárquica. Pero sus estilos diferían profundamente.
Francisco fue un papa de ruptura, a veces abrupto, que no dudó en desafiar las prácticas establecidas y criticar abiertamente la Curia Romana. Gobernó guiado por la intuición pastoral, con gran libertad de tono y gesto. Este enfoque atrajo a muchos fieles, pero también generó tensiones, incluso divisiones, dentro de la jerarquía eclesiástica.
León XIV, sin embargo, tenía un temperamento diferente. Era lo que podríamos llamar un «revolucionario silencioso». Deseaba los mismos cambios que Francisco —quizás incluso más profundos—, pero procedía de manera distinta. En lugar de imponer, consultaba. En lugar de tomar decisiones precipitadas, se tomaba el tiempo para escuchar. En lugar de criticar, apoyaba.
Esta diferencia ya se evidencia en su forma de vestir. Francisco había abandonado las vestiduras papales tradicionales —la muceta roja, la estola bordada—, prefiriendo una sencilla sotana blanca. Un gesto simbólico de sencillez. León XIV, en cambio, volvió a lucir estas vestiduras tradicionales en su primera aparición en el balcón de San Pedro. No por conservadurismo, sino porque comprende el valor de los símbolos para un sector de la Iglesia. Su revolución no implica el rechazo de las formas, sino la transformación del espíritu.
Un cardenal citado en la prensa resumió este enfoque: «El mundo necesita una Iglesia discretamente misionera, fraterna y humana. Y aunque su humanidad no haga mucho ruido, hace mucho bien».»
El método Prevost: escuchar y luego decidir
Quienes han trabajado con Prevost describen el mismo método. Empieza escuchando. Detenidamente. Hace preguntas. Busca comprender no solo lo que piensas, sino también por qué lo piensas. No interrumpe. Toma notas.
Solo entonces decide. Y cuando decide, lo hace con claridad y firmeza. Sin medias tintas, sin ambigüedades. Esta capacidad de escuchar sin dudar y de decidir sin arrogancia es precisamente lo que podría convertirlo en un papa eficaz a largo plazo.
Este es el método que aplicó en el consistorio de mesas redondas. Al decir: «Estoy aquí para escuchar», no renuncia a su autoridad papal, sino que la replantea. La autoridad no consiste en hablar primero e imponer la propia visión, sino en crear las condiciones para un diálogo genuino y, posteriormente, asumir la responsabilidad de la decisión final.
Es un equilibrio delicado. Si los cardenales sienten que sus opiniones no importan realmente, la consulta se convierte en una farsa. Por el contrario, si el papa se siente paralizado por la necesidad de consenso, pierde su capacidad de gobernar. León XIV apostó a que ambas cosas podían lograrse: una auténtica colegialidad en la deliberación y una verdadera autoridad en la toma de decisiones.
¿Qué está pasando realmente en estos círculos?
Más allá del formato: los verdaderos problemas
Las mesas redondas son simplemente una herramienta. La verdadera pregunta es: ¿qué está en juego en estos círculos? ¿Qué busca realmente León XIV con este cambio de método?
El primer tema: la unidad de la Iglesia. El consistorio se celebró justo después de la Epifanía, y esto no fue casualidad. En su discurso de apertura, León XIV citó al profeta Isaías: «¡Levántate, Jerusalén, resplandece! Porque ha llegado tu luz». Habló de los Reyes Magos de Oriente, aquellos extranjeros que reconocieron a Cristo cuando muchos no lo veían.
¿El mensaje? La Iglesia es «un grupo muy heterogéneo, enriquecido por diversos orígenes, culturas, tradiciones eclesiales y sociales, formación académica y experiencia pastoral». Esta diversidad no es un problema que resolver, sino una fortaleza que cultivar. Y las mesas redondas son precisamente el formato que permite expresar esta diversidad sin diluirla.
Al obligar a los cardenales a conversar en pequeños grupos, León XIV apostaba por algo esencial: la escucha mutua crea comunión. Cuando uno se ve forzado a escuchar de verdad a alguien que piensa diferente, cuando debe debatir con él mirándolo a los ojos, algo cambia. Ya no se puede caricaturizarlo. Uno se ve obligado a reconocer su buena fe, incluso si no está de acuerdo.
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Pero hay una cuestión más profunda, casi política, en juego. Al cambiar la forma del consistorio, León XIV desplazó sutilmente la frontera entre la consulta y la decisión. Y esto plantea una pregunta incómoda: ¿gobierna el papa solo después de escuchar, o gobierna con los cardenales?
La doctrina católica es clara: el Papa tiene plena potestad suprema, ordinaria e inmediata sobre toda la Iglesia. No necesita la aprobación de los cardenales para tomar decisiones. El consistorio es un órgano consultivo, no decisorio. Sin embargo, en la práctica, la forma en que se consulta al Papa modifica la naturaleza de su poder.
Si el consistorio es un ritual donde cada uno da su opinión y luego se va a casa, el Papa sigue siendo la única autoridad. Pero si el consistorio se convierte en un espacio de auténtica deliberación colectiva, donde los cardenales colaboran para desarrollar un entendimiento común, entonces el Papa se ve moralmente obligado por lo que surja de dicha deliberación. Conserva la potestad formal de decidir de otra manera, pero resulta más difícil —política y espiritualmente— ignorar un consenso alcanzado.
León XIV parece aceptar esta tensión. Habla de un «camino colegial», de «trabajar juntos», de 'ofrecer un modelo de colegialidad». Al mismo tiempo, recuerda a todos que tiene la »gran responsabilidad de gobernar la Iglesia universal«. No renuncia a su autoridad para gobernar, pero quiere hacerlo de una manera que involucre verdaderamente a los cardenales en el proceso.
Es una apuesta arriesgada. En la historia de la Iglesia, los intentos de gobierno colegiado a menudo han conducido al caos o al retorno al centralismo papal. León XIV cree que se puede inventar una tercera vía, a la que llama «sinodalidad».
Atracción en lugar de coerción
Otro elemento esencial del discurso de León XIV fue la idea de la atracción. Citó a Benedicto XVI y a Francisco sobre este tema. La Iglesia, dijeron estos papas, no hace proselitismo. Crece por atracción: así como Cristo atrae a cada persona hacia sí mismo por el poder de su amor.«
Aplicada a la gobernanza interna, esta lógica es revolucionaria. Si la Iglesia progresa por atracción en lugar de por coerción, entonces el Papa no puede imponer su voluntad verticalmente. Debe crear las condiciones para que cardenales, obispos, clérigos y fieles acojan libremente la visión propuesta porque reconocen su verdad y belleza.
Las mesas redondas ejemplifican esta lógica. En lugar de un papa que habla desde lo alto y exige obediencia, tenemos un papa que se sienta (metafóricamente) con los cardenales y busca junto a ellos el camino a seguir. La autoridad no desaparece; se reconfigura: se convierte en la autoridad de quien sabe escuchar, discernir y trazar el rumbo basándose en la sabiduría colectiva.
Suena bien en teoría. Pero en la práctica, requiere cualidades excepcionales: humildad para escuchar atentamente, valentía para tomar una decisión y la capacidad de explicar el porqué de dicha decisión, incluso si no es universalmente aceptada. ¿Posee León XIV estas cualidades? El tiempo lo dirá.
El horizonte: junio de 2026 y más allá.
El consistorio del 7 y 8 de enero fue solo el comienzo. Al finalizar la sesión, los cardenales supieron que se celebraría un nuevo consistorio extraordinario a finales de junio de 2026, tan solo seis meses después del primero. Esto no tiene precedentes.
Durante sus doce años de pontificado, el Papa Francisco rara vez convocó a todo el Colegio Cardenalicio, salvo para el nombramiento de nuevos cardenales. León XIV parece decidido a que esto se convierta en algo habitual. ¿El objetivo? Crear una auténtica cultura de consulta, donde los cardenales se reúnan no solo en ocasiones formales, sino que colaboren de verdad con el Papa en el gobierno de la Iglesia.
De cara al futuro, la ambición es aún mayor. El proceso sinodal iniciado por Francisco en 2021 continuará hasta 2028. Se invita a los cardenales a reflexionar sobre las "orientaciones a largo plazo". La cuestión litúrgica, un tema sumamente delicado, podría dar lugar a debates sobre posibles flexibilizaciones. La reforma de la Curia Romana, a menudo mencionada pero nunca implementada realmente, está sobre la mesa.
En resumen: las mesas redondas del 7 y 8 de enero no son un hecho aislado. Anticipan una nueva forma de gobernar la Iglesia para los años, incluso décadas, venideros. León XIV no busca una simple maniobra mediática. Su objetivo es transformar radicalmente la cultura de gobierno de la Iglesia católica.
Resistencia inevitable
Por supuesto, no todos aplauden. Algunos cardenales conservadores ven estas innovaciones como una dilución de la autoridad papal. Otros, si bien están a favor de la colegialidad, temen que las mesas redondas no conduzcan a nada concreto si no se elabora ningún texto ni se formaliza ninguna decisión.
También está la cuestión práctica. Reunir a 245 cardenales dos veces al año es costoso, logísticamente complejo y consume mucho tiempo para quienes tienen diócesis que administrar o dicasterios que dirigir. El riesgo es que se convierta en una mera rutina burocrática, desprovista de su propósito original.
León XIV parece ser consciente de estos escollos. Al insistir en la brevedad de las intervenciones («Non multa sed multum»), al negarse a elaborar un documento final y al enfatizar la «conversación» en lugar de la negociación, intenta mantener la frescura y la autenticidad del enfoque.
Pero seamos realistas: transformar una institución con dos mil años de historia no se logra en seis meses. Los hábitos están profundamente arraigados. Las estructuras son engorrosas. Los intereses divergen. León XIV ha elegido un camino difícil. Si tiene éxito, habrá reinventado el gobierno de la Iglesia Católica. Si fracasa, se dirá que fue una idea hermosa pero poco realista.
La prueba de la verdad
En definitiva, la verdadera prueba no estará en la forma —las elegantes mesas redondas, los discursos sobre la escucha activa— sino en los hechos. ¿Tendrá realmente en cuenta León XIV lo que se dijo durante estas conversaciones? Cuando tome decisiones importantes en los próximos meses, ¿se notará la influencia del trabajo colectivo del consistorio?
Si los cardenales sienten que sus horas de diálogo han sido en vano, que el Papa ya había tomado una decisión antes incluso de escucharlos, la confianza se romperá. El próximo consistorio se convertirá en un ejercicio impersonal y obligatorio. Por el contrario, si los cardenales perciben que sus aportaciones han enriquecido genuinamente el pensamiento del Papa, que las decisiones se han ajustado o reconsiderado como resultado de sus conversaciones, entonces esta dinámica puede mantenerse.
Tras el consistorio, un cardenal afirmó: «Existe un capital de confianza en el Colegio Cardenalicio. Es un valor que perdurará en el tiempo». Este capital de confianza es precisamente lo que León XIV intenta construir con sus mesas redondas. No se trata solo de un formato de reunión, sino de una nueva forma de vivir la Iglesia en comunidad.
En su discurso inaugural, León XIV citó una frase que resume todo su proyecto: «De la manera en que aprendamos a trabajar juntos, puede surgir algo nuevo, algo que conecte con el presente y el futuro». Las mesas redondas son el laboratorio de este «algo nuevo». Un laboratorio frágil, ambicioso, quizás utópico. Pero si funciona, podría transformar la Iglesia Católica por mucho tiempo.
En resumen
León XIV no se limitó a reorganizar las sillas. Al optar por mesas redondas en lugar de la asamblea tradicional, transformó las reglas de la palabra en el consistorio. Desaparecieron los largos monólogos, sustituidos por intercambios breves y contundentes. Este cambio de formato reflejaba una visión más profunda: la de una Iglesia que gobierna mediante la escucha mutua y la deliberación colectiva, sin renunciar a la autoridad papal.
El artífice de este cambio no es un teórico del Vaticano, sino un antiguo misionero en Perú que aprendió de primera mano que la cercanía y la colegialidad no son opciones, sino necesidades. Su apuesta: se puede ser un papa que realmente escucha sin dejar de ser un papa que decide.
Los próximos meses dirán si esta apuesta da sus frutos. Si el consistorio de junio de 2026 confirma la tendencia, si las decisiones tomadas se ven claramente enriquecidas por las discusiones de enero, entonces León XIV podría haber tenido éxito. De lo contrario, las mesas redondas seguirán siendo un bonito símbolo sin ninguna consecuencia.
Una cosa es segura: al modificar la estructura de la consulta, León XIV alteró algo esencial. Como solían decir los romanos que tanto le gustaba citar: «Non multa sed multum» —no muchas cosas, pero sí profundas—. Esta es quizás la mejor definición de lo que ocurrió el 7 y 8 de enero de 2026 en el Vaticano. No una revolución espectacular, sino un cambio profundo cuyos efectos solo se podrán medir con el tiempo.
🌍 1 país católico
En el Vaticano, la población es casi en su totalidad católica, ya que este microestado existe al servicio directo de la Iglesia universal. La presencia cristiana allí se remonta al siglo I con el martirio y sepultura de San Pedro…
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