En un momento en que los bombardeos caen sobre las maternidades ucranianas y los refugiados palestinos perecen por falta de corredores humanitarios, surge con renovada urgencia una pregunta: ¿quién es responsable de salvaguardar las normas fundamentales que protegen a los seres humanos en tiempos de guerra? La respuesta, sorprendente para muchos, une a dos entidades aparentemente asimétricas: un microestado papal enclavado en el corazón de Roma y una democracia alpina que ha hecho de la neutralidad su filosofía de Estado. Durante siglos, la Santa Sede y la Confederación Suiza han compartido mucho más que un vínculo institucional: salvaguardan conjuntamente un patrimonio moral y jurídico cuyo valor nunca se ha visto tan amenazado.
Este patrimonio común ha encontrado, desde la elección de León XIV, un defensor papal extraordinariamente claro. En su discurso ante el Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede en enero de 2026, el Papa declaró inequívocamente: «El derecho humanitario, además de garantizar un mínimo de humanidad en los flagelos de la guerra, es un compromiso asumido por los Estados. Debe prevalecer siempre sobre los caprichos de los beligerantes». Estas palabras, pronunciadas ante 184 delegaciones, sonaron como un llamamiento urgente a restaurar un marco jurídico que se desmorona. Este marco se llama Convenios de Ginebra, y su custodio oficial no es otro que Suiza.
Un patrimonio compartido con raíces profundas
La Guardia Suiza: mucho más que un símbolo
Hay algo sobrecogedor en la continuidad histórica que une Berna y Roma. Desde el 22 de enero de 1506, cuando 150 soldados del cantón de Uri cruzaron por primera vez el umbral del Palacio Apostólico para recibir la bendición de Julio II, la Guardia Suiza Pontificia ha velado por el Sucesor de Pedro. Quinientos veinte años de servicio ininterrumpido, sin una sola guerra, cisma o revolución. El 6 de mayo de 1527, durante el Saqueo de Roma, 147 guardias perecieron para permitir la huida de Clemente VII. Este sacrificio no es una simple anécdota militar: es la encarnación misma de una alianza que trasciende el tiempo. Incluso hoy, aproximadamente 130 Guardias Suizas constituyen la mayor comunidad extranjera que reside dentro de los muros de la Ciudad del Vaticano, Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO.
Pero esta relación no es simplemente una cuestión de seguridad con aires renacentistas. La inauguración, el 6 de mayo de 2022, de la primera embajada permanente de Suiza ante la Santa Sede —inaugurada simbólicamente en el aniversario del Sacco di Roma— marca un nuevo hito institucional. Ambos estados comparten objetivos comunes de política exterior: promover la paz, combatir la pena de muerte e impulsar el desarrollo sostenible. Como afirmó el presidente de la Confederación Suiza, Ignazio Cassis, en la inauguración, existen «objetivos comunes fundamentales» entre Berna y Roma que Suiza y el Vaticano tienen la obligación compartida de perseguir.
Los Convenios de Ginebra: Un legado bajo presión
Es en el ámbito del derecho internacional humanitario donde esta alianza adquiere toda su importancia estratégica. Desde 1864, Suiza ha sido la institución garante de los Convenios de Ginebra, este cuerpo fundamental de normas que establece estándares mínimos para la protección de las personas en tiempos de guerra: heridos, prisioneros, civiles y personal médico. Los cuatro convenios de 1949, ratificados universalmente por los 196 Estados miembros de la comunidad internacional, junto con sus Protocolos Adicionales de 1977, constituyen los pilares del derecho internacional humanitario. Su artículo 3, común a los cuatro textos, se describe a menudo como un «miniconvenio»: protege a los civiles y combatientes incapacitados para el combate incluso en conflictos armados no internacionales.
La Santa Sede se adhirió a estos convenios. El 21 de noviembre de 1985, depositó ante el gobierno suizo su instrumento de ratificación de los Protocolos Adicionales I y II, convirtiéndose así en el 53.er Estado Parte del Protocolo I y el 46.º del Protocolo II. Este gesto no fue simbólico: significó que la Iglesia Católica, como entidad soberana, se comprometió formalmente a respetar y promover las normas universales para la protección de las víctimas de la guerra. También es signataria y, por lo tanto, corresponsable de este patrimonio jurídico compartido con Suiza.
La crisis humanitaria mundial y la voz de León XIV
Un diagnóstico sincero
Ante la proliferación de conflictos contemporáneos —Ucrania, Gaza, Sudán, Myanmar—, este legado jurídico se ve sometido a una dura prueba. En su discurso a los embajadores en enero de 2026, León XIV no dudó en denunciar los crímenes: «No podemos permanecer en silencio ante el hecho de que la destrucción de hospitales, infraestructuras energéticas, viviendas y lugares esenciales para la vida cotidiana constituye una grave violación del derecho internacional humanitario». Estas palabras apuntaban directamente a las prácticas observadas tanto en Ucrania como en Gaza. El Papa reafirmó «la condena de cualquier forma de participación de civiles en operaciones militares» e hizo un llamamiento a la comunidad internacional para que recuerde que «la protección del principio de la inviolabilidad de la dignidad humana y la santidad de la vida siempre prevalece sobre cualquier interés nacional».
Esta postura concuerda con las enseñanzas de León XIV sobre la paz. En su Mensaje para la 59.ª Jornada Mundial de la Paz, publicado para el 1 de enero de 2026, hizo un llamamiento a la construcción de una paz desarmada y que desarme, frente a la lógica de dominación y miedo que caracteriza nuestra época. La fórmula es profunda, al estilo de Agustín: si «incluso quienes desean la guerra no desean otra cosa que ganar, por lo tanto pretenden alcanzar una paz gloriosa mediante la guerra» —como cita el propio Papa en su discurso diplomático—, entonces la única respuesta cristiana es romper este ciclo proponiendo normas que se apliquen a todos, independientemente del equilibrio de poder.
Las Escrituras ofrecen aquí un ancla impactante. El profeta Ezequiel, dirigiéndose a aquellos que afirman ejercer poder sin rendir cuentas a Dios, proclama: «¡Ay del pastor de Israel que solo se alimenta a sí mismo!» (Ezequiel 34:2). Este llamamiento profético, dirigido a los líderes que abandonan a los más vulnerables, resuena con especial fuerza en un contexto donde los Estados signatarios de los Convenios de Ginebra están violando sus propios compromisos. La protección de los civiles no es una opción táctica: es un imperativo moral absoluto, cuya universalidad las instituciones responsables —principalmente Suiza y la Santa Sede— tienen el deber de defender.
El concepto de "patrimonio humanitario" en la encíclica Magnífica Humanitas
La dimensión patrimonial es fundamental en el pensamiento de León XIV. En su encíclica Magnífica Humanitas, Promulgada el 15 de mayo de 2026, desarrolla la idea de que los principios fundamentales de la dignidad humana constituyen una «herencia de sabiduría» que cada generación recibe como herencia y tiene el deber de transmitir. Afirma que «la Doctrina Social de la Iglesia es una herencia de sabiduría en la que encontramos principios para pensar, criterios para discernir o juzgar, y directrices concretas para la acción». Además, enfatiza la responsabilidad compartida, citando la reconstrucción de las murallas de Jerusalén por Nehemías como un símbolo del trabajo colectivo: «A cada uno su parte de la muralla: científicos e investigadores, empresarios y trabajadores, educadores y legisladores, sociedad civil, movimientos populares y comunidades de fe».
Este marco teológico ilumina directamente la cuestión suizo-vaticana. Suiza, guardiana de los Convenios de Ginebra, es una de estas «partes del muro». La Santa Sede es otra. Su cooperación no es una alianza de conveniencia, sino una vocación institucional al servicio del bien común universal. El apóstol Pablo, en su carta a los Romanos, expresa esta idea con extraordinaria claridad: «"Nosotros, que somos muchos, formamos un solo cuerpo en Cristo."» (Romanos 12:5). La comunidad de naciones que han firmado los Convenios de Ginebra también constituye, en su propio orden, un cuerpo en el que cada miembro tiene una responsabilidad hacia los demás.
Hacia una diplomacia humanitaria renovada
Suiza como socio natural de la Santa Sede
Las relaciones entre Berna y Roma se encuentran en una encrucijada estratégica. Desde la apertura de la embajada permanente en 2022, ambos Estados han intensificado significativamente su diálogo sobre temas de paz, derechos humanos y derecho humanitario. El Departamento Federal de Asuntos Exteriores subraya explícitamente que, «de acuerdo con los objetivos comunes de su política exterior, Suiza y el Vaticano colaboran en apoyo de las operaciones de mantenimiento de la paz y la protección de los derechos humanos». Esta convergencia no es casual: refleja una afinidad estructural entre dos actores que no pueden ejercer poder militar y que, por lo tanto, tienen un interés directo en mantener un orden internacional basado en el Estado de derecho.
Suiza, a través de su papel como depositaria de los Convenios de Ginebra y sede de la Cruz Roja Internacional, encarna un concepto de neutralidad activa: no indiferencia ante los conflictos, sino compromiso con las normas que los rigen. La Santa Sede, por su parte, practica una diplomacia multilateral basada en lo que el teólogo jesuita Andrea Vicini denomina la «profecía institucional»: recordar a los Estados sus compromisos en nombre de una autoridad moral que trasciende los intereses partidistas. León XIV encarna esta profecía con una claridad que el cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado de la Santa Sede, tradujo en términos diplomáticos concretos durante reuniones bilaterales: la Santa Sede está dispuesta a apoyar cualquier iniciativa que promueva la paz, los altos el fuego y la reconstrucción de las zonas de conflicto.
Reconstruir el multilateralismo sobre bases morales
En definitiva, lo que León XIV y Suiza defienden juntos es una visión del multilateralismo que el Papa describe como un "foro" donde los pueblos se reúnen y dialogan, "siguiendo el modelo de los antiguos foro »Plaza romana o medieval«. Esta visión se ve ahora desafiada por lo que el Papa denomina una »diplomacia de la fuerza», que sustituye el consenso multilateral por relaciones de poder bilaterales entre grandes potencias. Ante esta deriva, la alianza entre Suiza y la Santa Sede representa precisamente el tipo de asociación que el mundo necesita: dos actores de tamaño modesto pero con considerable autoridad moral, cuya credibilidad reside precisamente en su independencia de los bloques militares.
El historiador eclesiástico Klaus Schatz nos recuerda que la Santa Sede siempre ha ejercido una forma de arbitraje moral en los conflictos europeos, mucho antes de que se codificara el derecho internacional humanitario. León XIV sigue esta tradición, proyectándola al mundo globalizado del siglo XXI. Su visión es la de una humanidad capaz de establecer normas comunes y respetarlas, no mediante la coerción, sino porque, como escribió Ezequiel, cada nación lleva consigo el recuerdo de su propia vulnerabilidad.
Lo que el Papa llama en Magnífica Humanitas La «herencia de sabiduría» de la Iglesia se une así, en un fructífero diálogo, a la herencia jurídica de la que Suiza ha sido guardiana institucional durante más de siglo y medio. Esta doble herencia —moral y jurídica— no pertenece únicamente a los católicos ni solo a los suizos: pertenece a toda la humanidad. Y es precisamente por su carácter universal que exige, hoy más que nunca, guardianes decididos a defender su integridad, incluso a costa, si fuera necesario, de su propia popularidad.
La historia nos recuerda que el 6 de mayo de 1527, 147 hombres murieron en las escaleras del Palacio Apostólico por haber jurado proteger algo superior a sí mismos. La pregunta que se plantea hoy es si las naciones que firmaron los Convenios de Ginebra aún son capaces de mantener una lealtad comparable a los compromisos que asumieron libremente. La respuesta reside en cada Estado, pero el recordatorio corresponde a Roma y Berna.
✝ Referencias bíblicas
2 pasajes · 2 libros
Os daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros. (Ezequiel 36:26)
Visiones apocalípticas, oráculos de juicio y la promesa de la restauración de Israel.
→ Explora el Códice de Ezequiel- Cuando obispos de los confines de la tierra traen la carne del mundo digital ante el Papa
- El silencio de las naciones ante el Gólgota del estado de Plateau: la Iglesia católica en Nigeria en primera línea.
- Yamoussoukro, un faro para el mundo: cuando la basílica más grande del planeta se convierte en la voz de Roma para el África francófona.
- Cuando la Iglesia se mira en el espejo del algoritmo: el revolucionario mea culpa de Magnifica Humanitas

El justo vivirá por la fe. (Romanos 1:17)
La gran síntesis teológica de Pablo: el pecado, la gracia, la justificación y la vida en el Espíritu.
→ Explora el Códice Romano- Magnifica Humanitas: Cuando la Iglesia habla al hombre, no al Estado, y por qué esto es un acto teológico profundo.
- Cuando César impone su ley al sucesor de Pedro: el ataque de Trump contra León XIV
- El río sigue fluyendo: León XIV, la liturgia y la ansiedad estadounidense.
- «"Respetamos las enseñanzas del Papa": cuando una fórmula cortés enmascara una división civilizacional.
🌍 Dos países involucrados
En Suiza, los católicos constituyen hoy una minoría significativa en un país históricamente dividido entre varias denominaciones cristianas. Las primeras raíces cristianas se remontan a la época romana, luego el Evangelio…
Descubre Suiza →
En el Vaticano, la población es casi en su totalidad católica, ya que este microestado existe al servicio directo de la Iglesia universal. La presencia cristiana allí se remonta al siglo I con el martirio y sepultura de San Pedro…
Descubre la Ciudad del Vaticano →
