León XIV y los luteranos de Noruega: la diplomacia de los pequeños gestos ante la agitación mundial.

León XIV y los luteranos de Noruega: la diplomacia de los pequeños gestos ante la agitación mundial.

León XIV a los luteranos noruegos: cuando un pequeño gesto desactiva grandes conflictos, entre Roma, Moscú y el ejemplo de San Olaf.

Vía Equipo Bíblico
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El mismo día en que un cardenal del Vaticano celebró una misa por la paz en la única catedral católica de Moscú, a miles de kilómetros de distancia, en la pequeña sala del Aula Paolo VI, catorce obispos de los fríos países escandinavos se inclinaron ante León XIV. Dos gestos, una semana, dos enfoques diplomáticos opuestos: uno impulsado por importantes negociaciones estatales, la "misa roja" del arzobispo Paul Richard Gallagher ante Sergey Lavrov y el metropolitano Anthony de Volokolamsk; el otro, casi susurrado, el de un papa que acogía a obispos luteranos de Noruega para hablar no de tratados, sino de fraternidad. Este contraste no es insignificante. Revela dos caras complementarias de la misma Iglesia, que se niega a elegir entre la gran política y los pequeños actos de caridad, entre el clamor de las cancillerías y el silencio de las audiencias privadas.

Dos enfoques diplomáticos, una organización benéfica compartida.

La misa de Moscú y la audiencia del Vaticano como un solo gesto.

Resulta paradójico que, en la misma semana de agosto de 2026, la Santa Sede realizara dos misiones de paz de carácter tan diferente. En Moscú, el arzobispo Paul Richard Gallagher, secretario para las Relaciones con los Estados y las Organizaciones Internacionales, realizó la primera visita de su rango diplomático desde la invasión de Ucrania en febrero de 2022. Allí se reunió con Serguéi Lavrov y el asesor presidencial Yuri Ushakov, y el 27 de agosto celebró una misa por la paz en la Catedral de la Inmaculada Concepción, una de las pocas iglesias católicas del país. Este enfoque se enmarca dentro de la diplomacia multilateral: paciente, casi clandestina, basada en la neutralidad activa de la Santa Sede y en su firme negativa a interrumpir el diálogo, incluso con las partes en conflicto.

Al día siguiente de su llegada a Moscú, tuvo lugar en Roma otro acontecimiento, menos espectacular pero igualmente significativo. El 26 de agosto, León XIV recibió a un grupo de catorce obispos de la Iglesia Luterana de Noruega, en el marco de una visita organizada por el Nuncio Apostólico en los países nórdicos, el arzobispo Julio Murat. La conversación no giró en torno a negociaciones territoriales, altos el fuego ni corredores humanitarios. Se trató de algo más modesto, aunque en cierto modo más radical: la posibilidad de que la bondad pueda desarmar lo que la fuerza jamás podrá desmantelar.

El Papa escogió palabras precisas, casi austeras por su sencillez. Evocó un período «particularmente turbulento», marcado por una «creciente animosidad entre los pueblos», visible no solo en «conflictos y disputas internacionales», sino también «dentro de cada país», a través de «la acritud que a menudo caracteriza el discurso político y social». Esta doble interpretación, geopolítica y social, merece un análisis más profundo. El Papa no separa la guerra en Ucrania de la polarización que impregna las democracias occidentales. Las considera conjuntamente, como dos síntomas del mismo malestar en las relaciones humanas.

La condición humana caída como diagnóstico teológico

Lo que llama la atención de este discurso, pronunciado en inglés ante los obispos noruegos, es el diagnóstico antropológico que lo sustenta. León XIV no buscó una explicación sociológica ni política para el auge de la acritud contemporánea. Prefirió un término teológico, casi agustiniano: «nuestra condición humana caída». En sus propias palabras, «dada nuestra condición humana caída, es demasiado fácil adoptar una actitud de hostilidad hacia aquellos con quienes discrepamos». La facilidad para el conflicto, esencialmente, afirmó, no es un accidente histórico ni únicamente producto de los algoritmos de las redes sociales o la retórica partidista: tiene sus raíces en el pecado original, en esa inclinación de la voluntad humana a preferir la confrontación a la reconciliación, porque la confrontación requiere menos esfuerzo que el perdón.

Aquí es donde el mensaje trasciende el marco estrictamente ecuménico para abarcar una teología moral universal, dirigida tanto a católicos como a luteranos, tanto a creyentes como a no creyentes que pudieran seguir este discurso. Reconocer la propia inclinación hacia la hostilidad no es una admisión de debilidad, sino la condición misma de la conversión. San Pablo, en la Epístola a los Romanos, ya describió esta lucha interna entre la ley de la buena voluntad del Espíritu y la inclinación contraria de la carne. León XIV, sin citar explícitamente este texto en su discurso, aplica, no obstante, su lógica: puesto que la hostilidad es nuestra inclinación natural, la paz solo puede ser una elección activa, un esfuerzo concertado, por usar su expresión, y no un estado espontáneo.

El pequeño gesto como gramática teológica del desarme

La bondad que desarma, entre el Evangelio y la diplomacia de la fraternidad.

La frase central del discurso papal, inmediatamente recogida por la prensa católica, merece un análisis detenido: «La bondad y la caridad tienen el poder de desarmar». El verbo elegido no es insignificante. Desarmar no significa convencer, ni conquistar, ni siquiera persuadir. Desarmar es eliminar del adversario, o de quien pudiera ser percibido como tal, la necesidad misma de luchar. Es una categoría que pertenece tanto al vocabulario militar como al del misticismo cristiano, y León XIV la utiliza como puente entre los dos mundos que habita simultáneamente esa semana: el de la paz geopolítica negociada por el obispo Gallagher y el de la paz interior y fraterna que ofrece a los luteranos noruegos.

El apóstol Pedro, en su primera epístola, ofrece una imagen impactante para comprender esta dinámica de construcción fraterna a través de pequeños pasos: «Ustedes también, como piedras vivas, están siendo edificados como casa espiritual para ser un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo» (1 Pedro 2:4-5). Esta metáfora de la piedra viva, integrada en una estructura mayor, ilumina con precisión lo que el Papa quiso decir al hablar de «pequeños pasos»: ninguna piedra por sí sola hace un edificio, pero cada piedra, colocada adecuadamente, lo hace posible. La audiencia del 26 de agosto no fue, en sí misma, un acto de reunificación doctrinal entre católicos y luteranos. Fue una piedra. Y es precisamente esta modestia deliberada la que le confiere su fuerza.

León XIV les dijo explícitamente a los obispos noruegos: «Les agradezco sinceramente su presencia aquí y su deseo compartido de buscar maneras de fortalecer la comunión. De hecho, incluso los pequeños gestos pueden inspirarnos y guiarnos por el camino de la reconciliación». Esta frase, por sí sola, constituye una auténtica teología de la acción mínima, donde la gracia no se mide por la magnitud del gesto, sino por su sinceridad, su propósito y su fidelidad al espíritu mismo del Evangelio.

La oración sacerdotal de Juan 17 como fundamento de la unidad buscada

Para fundamentar su postura en las Escrituras, el Papa citó un versículo clave de la teología de la unidad cristiana, tomado de la gran oración sacerdotal de Jesús: «Para que alcancen la unidad perfecta, para que el mundo sepa que tú me enviaste y que los has amado como me has amado a mí» (Jn 17,23). Esta elección no fue casual. Este pasaje, menos citado que otros versículos joánicos más utilizados, articula una verdad esencial: la unidad cristiana no es un objetivo interno de la Iglesia, una mera conveniencia institucional ni una estrategia de comunicación ecuménica. Es un signo dado al mundo. «Para que el mundo sepa», dice el texto: la credibilidad misma del testimonio cristiano ante las naciones depende de la capacidad de los discípulos de Cristo para superar sus divisiones históricas.

Sin embargo, este texto, publicado a finales de agosto de 2026, llega en un contexto donde el mundo está precisamente plagado de dudas. Dudas sobre la capacidad de las instituciones religiosas para trascender sus propias disputas internas, dudas sobre la posibilidad misma del diálogo entre tradiciones separadas durante cinco siglos por la Reforma. Al recitar este versículo ante obispos cuya Iglesia ordena mujeres desde 1961 y celebra matrimonios entre personas del mismo sexo desde 2017, León XIV se arriesga en una apuesta teológica: definir la unidad como un camino, no como un acuerdo inmediato sobre todas las cuestiones doctrinales y morales. Implícitamente reiteró este punto al fundamentar esta anhelada unidad no en un consenso doctrinal aún por alcanzar, sino en «nuestro bautismo común y nuestra misión compartida en el mundo»: dos realidades objetivas, sacramentales y misioneras que preceden y trascienden las discrepancias disciplinares.

El legado vikingo al servicio de una hermandad renovada

San Olaf y Santa Sunniva, patronos de una reconciliación que no niega nada.

La decisión de concluir su discurso con la evocación de San Olaf y Santa Sunniva no fue simplemente un homenaje folclórico a la historia nacional noruega. San Olaf, rey de Noruega que murió mártir en 1030, y Santa Sunniva, patrona de Noruega Occidental, representan una memoria cristiana compartida, anterior al cisma de la Reforma, que católicos y luteranos pueden reivindicar por igual sin que ninguna de las dos tradiciones tenga que renunciar a su propia identidad. León XIV elogió las vidas «consagradas a Dios y al prójimo», que «contribuyeron a unir a los pueblos» y que dejaron «un testimonio perdurable del poder transformador de la caridad».

Esta referencia cobra especial relevancia al acercarnos al milenio de la muerte de San Olaf, cuyas celebraciones se preparan activamente en Noruega. Olav Fykse Tveit, obispo y presidente de la Iglesia de Noruega, aprovechó esta audiencia para invitar formalmente a León XIV a asistir a dichas celebraciones. Este es un ejemplo concreto de lo que el Papa denomina un pequeño gesto: una invitación, un posible viaje, una presencia compartida en torno a una figura de santidad que pertenece al patrimonio común incluso antes de pertenecer a una denominación particular. Aquí vemos cómo la memoria de los santos puede convertirse, en cierto modo, en un espacio de encuentro más fructífero que las comisiones teológicas conjuntas, precisamente porque apela al afecto popular, a la identidad nacional y a la piedad concreta, más que a la abstracción doctrinal.

El lema papal "In illo uno unum" como clave para la comprensión

Cabe destacar, en el discurso de bienvenida pronunciado por Olav Fykse Tveit, una observación que arroja luz sobre la teología misma de este pontificado. El presidente de la Iglesia de Noruega recordó cómo el lema episcopal elegido por León XIV, «In illo uno unum» —«En el Uno, somos uno»—, tomado de San Agustín, resonaba con la oración de Cristo «Ut unum sint» —«Para que sean uno». Esta convergencia no es mera coincidencia. Revela que el estilo de gobierno de León XIV, incluso en la elección de su escudo de armas, se estructura en torno a la convicción de que la unidad cristiana no se construye mediante la fusión de identidades, sino mediante un arraigo compartido en Cristo, la única fuente de toda verdadera comunión.

Este énfasis en la unidad fundada en Dios, en lugar de la negociada entre instituciones humanas, ayuda a explicar por qué el Papa no eludió la cuestión de la unidad doctrinal en otros encuentros durante su pontificado. El mes anterior, al recibir al Catholicos Aram I de la Iglesia Apostólica Armenia, León XIV había afirmado inequívocamente que ’no puede haber restauración de la comunión entre nuestras Iglesias sin unidad en la fe«. Por lo tanto, el relativo silencio en su discurso a los noruegos sobre las cuestiones doctrinales y morales que actualmente dividen a la Iglesia Católica y a la Iglesia de Noruega —la ordenación de mujeres, la bendición de parejas del mismo sexo— no debe interpretarse como una renuncia a la verdad doctrinal, sino más bien como una elección deliberada de prioridad pastoral para este encuentro en particular: nombrar primero lo que une antes que lo que divide, sin que uno eclipse jamás al otro.

El joven Erik, de la generación que cuestiona a la Iglesia

El contexto de este viaje de estudios, el primero organizado en el extranjero por los obispos luteranos noruegos en varios años, gira en torno a una preocupación común: el lugar de los jóvenes adultos en la Iglesia. Tras su visita a Roma, los obispos noruegos viajaron a la comunidad de Sant'Egidio y luego planearon continuar su peregrinación a Taizé, el centro ecuménico fundado por el Hermano Roger Schutz, donde generaciones de jóvenes europeos —católicos, protestantes y ortodoxos— se han reunido durante décadas en oración silenciosa. Esta elección de itinerario es significativa: revela que la unidad que buscan estos obispos no solo concierne a la teología académica de los dicasterios romanos, sino también a la transmisión concreta de la fe a una generación que, en Noruega como en el resto de Europa, se aleja cada vez más de la práctica religiosa establecida.

Esta dimensión generacional evoca un pasaje de la Epístola a los Efesios que, si bien no fue citado por el Papa, ilumina el alcance de su enfoque: «Esfuércense por mantener la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz» (Efesios 4:3). Este vínculo de paz, precisamente, no se forja en grandes declaraciones conciliares, sino en los esfuerzos pacientes, repetidos y casi invisibles representados por una audiencia de treinta minutos, una invitación a la celebración del milenio, una peregrinación compartida a Taizé. Es precisamente esta misma lógica la que anima, a miles de kilómetros de distancia, la Misa por la Paz celebrada por el Arzobispo Gallagher en la Catedral Católica de Moscú: un gesto pequeño ante la magnitud del conflicto ucraniano, pero un gesto que se niega a que el silencio y la ruptura tengan la última palabra.

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Una teología del umbral para un mundo fracturado

Lo que en última instancia vincula estos dos gestos papales a finales de agosto de 2026 —la misión diplomática a Moscú y la audiencia ecuménica en Roma— es una convicción teológica fundamental compartida: la paz nunca desciende completamente formada del cielo de las negociaciones internacionales. Se construye mediante la acumulación de actos fieles, a menudo desproporcionados a la magnitud del mal que enfrentan, pero cuya constancia, repetida a lo largo del tiempo, acaba trazando un rumbo. El profeta Zacarías, en un pasaje poco citado pero de sorprendente relevancia, ya cuestionaba esta tentación de despreciar los comienzos humildes: «¿Quién ha despreciado el día de las cosas pequeñas?» (Zacarías 4:10). Es precisamente esta pregunta la que plantea el pontificado de León XIV, sin decirlo explícitamente, ante un mundo que no espera más que soluciones espectaculares, acuerdos de paz firmados de la noche a la mañana, rupturas diplomáticas o reconciliaciones rotundas.

La Iglesia, por su parte, sigue creyendo que no hay que menospreciar las pequeñas cosas. Una audiencia con catorce obispos luteranos del extremo norte, una misa celebrada en una catedral aislada de Moscú, una invitación transmitida durante un milenio: estas son las piedras vivas de las que habla San Pedro, pacientemente reunidas, sin certeza de un resultado inmediato, pero con la certeza de que la caridad, por su parte, no conoce el fracaso definitivo.

Lectio divina

📜
Lectio - Lectura

«Vosotros también, como piedras vivas, sois edificados como casa espiritual para ser un sacerdocio santo.» 1 Pedro 2:4-5

🧠
Meditatio — Meditar

Tú, que llevas dentro tantas heridas sin cicatrizar de aquellos a quienes ya no comprendes, ¿qué pequeña piedra podrías poner hoy sin esperar a que el otro ponga la suya? ¿Recuerdas la última vez que elegiste la bondad en lugar de tener razón? ¿Qué quedaría de tus conflictos más duraderos si dejaras de intentar desarmar al otro con la fuerza de tus argumentos en vez de con la gentileza de tu presencia?.

🙏
Oratio — Orar

Señor, tú edificas tu Iglesia con piedras que el mundo consideraría demasiado pequeñas para un edificio tan grandioso. Enséñame a poner mi piedra sin exigir ver sus cimientos de inmediato. Desarma en mí este reflejo de hostilidad que mi condición herida hace tan natural. Haz que mis gestos más humildes sean pasos hacia la fraternidad que no me atrevo a soñar. Que me convierta, en silencio, en una piedra viva entre otras piedras vivas.

Contemplatio - Contemplar

Una piedra desnuda colocada sobre otra piedra desnuda, y entre ellas, invisible, la caridad que las sostiene.

✝ Referencias bíblicas

3 pasajes · 3 libros
Juan
📖 Códice — Libro bíblico

Juan el Evangelista (tradición) · 90–100 d. C. · 879 versículos

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito. (Juan 3:16)

El Evangelio de la Palabra: una profunda teología de la Encarnación y los signos de Jesús.

→ Explora el Códice Juan

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