- Perdonar sin calcular el costo: lo que Juan Crisóstomo entendió sobre la deuda que nos libera
- En la parábola del siervo despiadado (Mt 18:21-35), Juan Crisóstomo descubre que el verdadero obstáculo para el perdón no es la dureza de corazón, sino el olvido: el olvido de lo que nosotros mismos hemos recibido.
- La deuda imposible y el gesto que ya no calcula
- Una dureza que se vuelve contra sí misma.
- El perdón que viene del corazón, no solo de los labios.
- Lo que aún tenemos que llevar
- Lectio divina
- ✝ Referencias bíblicas
21Entonces Pedro se acercó a él y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces debo perdonar a mi hermano o hermana que peca contra mí? ¿Hasta siete veces?» 22Jesús le dijo: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. 23«Por ahora, la reina del cielo es un rey que tiene que ajustar sus órdenes con sus sirvientes. 24Comenzado el ajuste de cuentas, le presentó uno que le debía diez mil talentos. 25Como no tenía ninguna forma de pago, le ordené al vendedor que la tuviera, que supiera qué hacer, con sus amigos y con todo lo que había puesto para salar para su esposa. 26El grito, arrojándose a su pies, le suplicaba diciendo: Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo. 27Movido por compasión, el señor de este servo lo dejó ir y le perdonó la deuda. 28El sirviente, apenas había salido, cuando se encontró con uno de sus compañeros a quien le debía su amistad. Agarrándolo por el cuello, lo estranguló y le dijo: «Paga lo que me debes». 29Su compañero, arrojándose a sus pasteles, dice la súplica: Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo. 30Sin embargo, si no tienes que preocuparte por eso, tendrás que esperar hasta llegar allí. 31En cuanto lleguen los próximos huéspedes, se pondrán en contacto con ellos detenidamente y les dirán qué les pareció. 32Entonces el amo lo llamó y le dire: «Siervo malvado, te perdoné toda esa deuda porque me lo suplicaste». 33¿No deberías haber tenido compasión de tu compañero, igual que yo la tuve de ti? 34Me encantó, me enfurecí, me metí entre las verduras hasta que se extendió hasta el final de su vida. 35Así también mi Padre celestial os tratará a vosotros, si cada uno no perdone de corazón a su hermano.»
Imaginemos a un empleado de banco ahogado en deudas imposibles —el equivalente a los salarios de varias vidas— que, de repente, recibe la condonación total de todo lo que debe. Sale de la oficina del gerente libre, ligero y salvado. En la calle, se topa con un compañero que le debe el precio de una comida. Lo agarra por el cuello y lo lleva a juicio por esa insignificante suma. Esta es la historia que Pierre, sin saberlo, planteó, al formularle la pregunta de un contable —«¿Cuántas veces debo perdonar?»— al hombre que le respondería con un infinito.
Perdonar sin calcular el costo: lo que Juan Crisóstomo entendió sobre la deuda que nos libera
En la parábola del siervo despiadado (Mt 18:21-35), Juan Crisóstomo descubre que el verdadero obstáculo para el perdón no es la dureza de corazón, sino el olvido: el olvido de lo que nosotros mismos hemos recibido.
Hay una pregunta que todos nos hacemos en algún momento, con la misma inquietud que Pedro: ¿hasta dónde llega la obligación de perdonar? ¿En qué momento tenemos derecho a cerrar la puerta, a saldar cuentas, a decir finalmente que no? Juan Crisóstomo, obispo de Constantinopla a finales del siglo IV, dedicó una homilía entera a esta cuestión: la sexagésima primera de su inmenso comentario sobre el Evangelio de Mateo, predicada al pueblo de Antioquía tras una larga enfermedad. Pocas voces patrísticas han examinado este texto con tanta atención al detalle: la suma exorbitante, el acto de estrangulamiento, el silencio del rey al enterarse de la traición. Crisóstomo no teoriza sobre el perdón; lo escenifica, lo hace sentir en carne propia, como un predicador que sabe que su audiencia también tiene deudas que perdonar y rencores que dejar de lado antes de regresar a casa.Pedro cree que está dando un gran paso adelante al proponer siete veces. Jesús responde con setenta veces siete, un número que deja de ser un número, que disuelve el contador mismo. Juan Crisóstomo, en su homilía sobre este pasaje, ve en la parábola resultante no una lección moral, sino una radiografía del alma humana: aceptamos el perdón infinito, pero limitamos nuestra propia misericordia a la primera ofensa que se presenta. Lo que Crisóstomo nos ofrece es una manera de comprender por qué esta contradicción reside en todos nosotros, y qué necesitamos cambiar en nuestra perspectiva para que termine.
Hay una escena que todos conocemos, incluso si nunca le debemos mil favores a nadie. Alguien nos debe algo: una disculpa, un favor, una palabra que nunca se pronunció, y esperamos. Contamos los días, las oportunidades perdidas, los silencios. Nos decimos a nosotros mismos que no guardamos rencor, que simplemente tenemos buena memoria. Y un día, sin previo aviso, ese recuerdo se convierte en una prisión en la que encerramos a la otra persona, y a nosotros mismos con ella.
Esta es precisamente la escena que Juan Crisóstomo eligió iluminar, y lo hizo con una inteligencia que aún sorprende dieciséis siglos después. Su sexagésima primera homilía sobre el Evangelio de Mateo pertenece a un ciclo de noventa sermones pronunciados en Antioquía, donde Crisóstomo comentaba, domingo tras domingo, el Evangelio casi versículo por versículo, ante una congregación heterogénea de mercaderes, funcionarios imperiales, pobres y ricos. No se trata de un tratado erudito destinado a monjes del desierto: es un mensaje vivo, dirigido a la gente común que lidia con la ira cotidiana. Y Crisóstomo comienza su homilía explicando precisamente por qué elige este tema en este momento de su ministerio: acaba de pasar toda una Cuaresma luchando contra la costumbre de maldecir en cada oportunidad entre sus oyentes, y considera que ha llegado el momento de abordar otro vicio, aún más profundo: la ira y el resentimiento que bullen bajo la superficie de las relaciones humanas.
Lo más llamativo de Crisóstomo es su negativa a considerar el número de Jesús como una mera hipérbole retórica. Muchos comentaristas, tanto anteriores como posteriores a él, han intentado interpretar «setenta veces siete» como un número preciso que no debe excederse: cuatrocientos noventa perdón, ni uno más. Crisóstomo descarta esta interpretación con una claridad que va directo al grano: «Al decir: hasta setenta veces siete, no está limitando un número definido dentro del cual deba observarse el perdón; sino que está significando algo sin límites y sin fin» (Homilía sobre el Evangelio según San Mateo, LXI). En otras palabras: el número no es un techo, es la destrucción del techo mismo. Jesús no le da a Pedro un número mayor para que pueda seguir contando más tiempo; le quita el propósito mismo de contar. Esta es una escena que conocemos bien: el recuento mental donde registramos los agravios sufridos, con la certeza de que, en cierto punto, finalmente tendremos el derecho moral de dar por concluido el asunto. Crisóstomo nos dice: este recuento no tiene razón de ser. No es que debamos ampliarlo; debemos desecharlo.
Y cuando Crisóstomo llega al final de la parábola, nota un detalle que la mayoría de los lectores apresurados pasan por alto: la última frase de Jesús, donde ya no habla del "Padre" en general, sino de "mi Padre". "No dice: 'Así os tratará vuestro Padre', sino 'mi Padre', porque esas almas duras y sin caridad no son dignas de ser llamadas hijos de Dios" (Homilía LXI). Es una observación terrible, casi quirúrgicamente precisa: Crisóstomo percibe, en este simple posesivo, un distanciamiento. El siervo despiadado, aquel que ha recibido un descuento infinito y que estrangula a su compañero por un puñado de monedas, se ve excluido por las mismas palabras de Jesús; no condenado directamente, sino discretamente apartado de la filiación que, sin embargo, se niega a vivir con los demás. Uno puede recibir el perdón de Dios y negarse a ser transformado por él; uno puede ser salvado de la deuda y seguir siendo, en su corazón, esclavo de la contabilidad.
La deuda imposible y el gesto que ya no calcula
«Al decir »hasta setenta veces siete«, no está limitando un número específico dentro del cual deba observarse el perdón, sino que está indicando algo sin límites y sin fin» (Homilía LXI). Lo que esto significa concretamente es que la pregunta de Pedro —«¿cuántas veces?»— es errónea desde el principio, porque presupone un perdón medido, agotado, que un día alcanza su fin legítimo.
Consideremos lo que realmente representa la deuda del primer sirviente. Diez mil talentos, dentro de la economía del texto, es una suma casi cómica, tan grande es la cantidad que un individuo podría pagar jamás: el equivalente a varios cientos de años de salario para un trabajador. No es una cifra realista; es una deliberadamente absurda, elegida para significar la insolvencia total. Ningún gesto de buena voluntad, ningún plan de pago escalonado, ninguna promesa —«Te lo pagaré todo»— será suficiente. Y sin embargo, el amo no negocia un descuento: lo borra todo, de una vez, por pura compasión. Es esta gratificación total, sin ninguna posible reciprocidad, lo que el sirviente olvida tan pronto como cruza el umbral. Encuentra a su colega, que le debe cien piezas de plata —una suma insignificante, pagadera en unos pocos meses de trabajo— y lo agarra por el cuello. El contraste que crea el texto no es meramente cuantitativo; es de naturaleza. Una es una deuda que ninguna justicia humana podría saldar; El otro es una nimiedad que la paciencia normal bastaría para asimilar.
Todos conocemos esta lucha interna. Sabemos, en teoría, que Dios, nuestros padres y amigos nos han perdonado grandes cosas, incluso quienes habrían tenido motivos de sobra para darnos la espalda. Y también sabemos lo fácil que es, una hora después, negarle algo a alguien: una palabra inoportuna, un descuido, una tardanza. No es que seamos peores que el resto de la humanidad. Es que el recuerdo del perdón recibido se desvanece vertiginosamente, mientras que el recuerdo de la ofensa sufrida queda grabado con una claridad imborrable. Crisóstomo lo sabía bien, él que predicaba a los mercaderes capaces de calcular los intereses hasta el último céntimo, pero incapaces de calcular su propia deuda con Dios.
Mucho más tarde, el Concilio de Trento resumiría esta misma intuición al enseñar que el perdón divino nunca es una liquidación negociada de todas las cuentas, sino un don gratuito que precede a todo mérito; una forma erudita de decir de nuevo lo que Crisóstomo ya había predicado en términos concretos en Antioquía: nunca pagamos nuestra deuda con Dios, sino que la recibimos perdonada.
Una dureza que se vuelve contra sí misma.
«No dice: »Así os tratará vuestro Padre”, sino “Mi Padre”, porque las almas tan duras y sin caridad no merecen ser llamadas hijos de Dios» (Homilía LXI). Esta cita ofrece una perspectiva distinta a la inicial: ya no se trata de la naturaleza del perdón, sino de lo que produce en nosotros la negativa a perdonar: una especie de autoexclusión silenciosa.
Resulta sorprendente la forma en que Crisóstomo se niega a considerar a Dios como un juez externo y arbitrario que castiga a posteriori a quienes no han perdonado. Su interpretación es más sutil y, en verdad, más inquietante: es el corazón endurecido el que se desvincula del linaje. No es Dios quien excluye; es el hombre quien, al negarse a transmitir lo recibido, se convierte en un extraño para la familia a la que, sin embargo, afirmaba pertenecer. Consideremos al padre que, tras una dolorosa reconciliación con uno de sus hijos, se muestra inflexible con un colega que le ha faltado al respeto aunque sea una sola vez. No ha perdido su capacidad de perdonar; simplemente la ha reservado para quienes ya ama y se la ha negado a quienes, a sus ojos, siguen siendo extraños, meros deudores. Crisóstomo diría de él que vive bajo la mirada de un Padre al que ya no se atreve a llamar «mío», porque algo en su interior sabe que la generosidad que recibió ya no circula.
Una figura del desierto ilustra este mismo punto con un contraste sorprendente. En los Dichos de los Padres del Desierto, encontramos la historia de Abba Moisés, invitado a juzgar el pecado de un hermano, quien se presentó ante la asamblea cargando una cesta con goteras a la espalda, de la que goteaba arena. Al ser interrogado sobre este extraño gesto, respondió que sus propios pecados habían quedado ocultos tras él, mientras que ahora venía a juzgar las faltas de otro. Este relato, de una sencillez austera, expresa con precisión lo que Crisóstomo desarrolla implícitamente: quien recuerda su propia deuda ya no puede considerar la de los demás con la misma severidad. El olvido de uno mismo es la raíz de toda dureza hacia los demás; el recuerdo de la propia fragilidad, por el contrario, es su antídoto más eficaz.Este mecanismo no es nada excepcional; impregna todas las relaciones humanas, desde las más íntimas hasta las más institucionales. Una pareja que ha experimentado la infidelidad y el perdón sincero, pero que posteriormente sigue siendo incapaz de tolerar la más mínima imperfección en el otro, recrea inconscientemente la escena del sirviente despiadado. Un empleador que, en su juventud, se benefició de una segunda oportunidad providencial, pero que despide sin contemplaciones al primer empleado que comete un error, recrea la misma escena. Nunca se trata de pura malicia; se trata de olvido. Nos endurecemos no porque seamos crueles por naturaleza, sino porque hemos dejado de recordar nuestra propia insuficiencia original.
El perdón que viene del corazón, no solo de los labios.
Agustín, en su Sermón 83 pronunciado ese mismo domingo del año litúrgico, amplía esta idea con una afirmación que va incluso más allá de una simple observación: «Me atrevo a decir que si peca setenta y ocho veces, lo perdonarás» (Sermón 83). En términos concretos, esto significa que, incluso más allá del número simbólico dado por Jesús, la lógica del perdón nunca se detiene por sí sola; continúa precisamente porque nunca se ha tratado de contar.
Esta «audacia» que defiende Agustín no es ingenuidad. Es el reconocimiento de que un perdón que se detiene en un número específico fue, desde el principio, solo un número: una actuación moral, no una transformación interior. La última frase de la parábola, aquella que Crisóstomo comenta con tanta atención, subraya este punto: «si cada uno de vosotros no perdona de corazón a su hermano» (Mt 18:35). El perdón en cuestión, por lo tanto, no es un acto externo, una fórmula pronunciada a medias para poner fin cortésmente a una disputa. Es un movimiento que debe descender a las profundidades del alma, donde residen los rencores persistentes, las pequeñas frases que repetimos en silencio, los escenarios de venganza que jamás llevaremos a cabo, pero que revivimos mentalmente cada noche.
Todos conocemos la diferencia entre estos dos tipos de perdón. Existe el perdón superficial, el que pronunciamos porque las circunstancias lo exigen: ante la familia reunida, ante colegas que nos observan, ante nuestra propia conciencia, que nos insta a un gesto de buena voluntad. Y luego está el perdón completo, el que acepta el desarme total, sin sacar a relucir la ofensa ante el primer indicio de desacuerdo, sin guardarla como un arma lista para usar. Este segundo tipo de perdón es raro y tiene un alto precio, porque nos exige renunciar a la relativa seguridad que proporciona el resentimiento: esa falsa pero persistente impresión de que guardar rencor nos protege de ser heridos por segunda vez. Crisóstomo, al enfatizar esta parábola precisamente después de haber combatido las maldiciones superficiales de su audiencia, sabía perfectamente que estaba atacando algo más profundo que los hábitos lingüísticos: estaba atacando la estructura interna misma del resentimiento.
Una escena sencilla ilustra esta diferencia. Dos hermanos se pelean por una herencia. Uno de ellos, ya sea por cansancio o por cálculo, cede y pronuncia las palabras «Te perdono» ante el notario. Pero durante años, sigue sacando a relucir discretamente este episodio en cada comida familiar, como si se tratara de una deuda moral que el otro debiera saldar eternamente en agradecimiento. Ese perdón nunca salió de sus labios. El perdón sincero, sin embargo, borraría el episodio de la conversación misma, no por negación, sino porque ya no habría nada que ganar con él, nada que intercambiar.

Lo que aún tenemos que llevar
Esta meditación no nos ofrece una simple regla de conducta para añadir a nuestra lista de propósitos de Año Nuevo, sino un cambio de perspectiva. Solemos preguntarnos qué merece la otra persona: ¿merece ser perdonada, merece una segunda oportunidad, merece que se olvide lo que hizo? Crisóstomo nos invita a replantearnos la pregunta: ¿de qué hemos sido absueltos con benevolencia? Este sencillo cambio de perspectiva suele ser suficiente para disipar la rigidez que llevamos dentro. No perdonamos porque la otra persona finalmente lo merezca; perdonamos porque recordamos haber sido nosotros mismos incapaces de perdonar.
De esta idea surge una acción muy concreta que la tradición cristiana ha conservado en casi todas las generaciones: recordar, antes de juzgar la falta de otro, la deuda que uno mismo tiene. No se trata de generar culpa —Crisóstomo jamás busca abrumar a su audiencia con el peso de la culpa—, sino de un ejercicio de lucidez. Recordar que uno ha sido perdonado, y perdonado sin medida, cambia inmediatamente la forma en que vemos a quien nos debe algo, ya sea una explicación, una disculpa o simplemente tiempo.
Esta idea ha perdurado a lo largo de los siglos con notable coherencia. Se encuentra, casi textualmente, en la oración que Jesús mismo enseñó a sus discípulos: «Perdónanos nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden», donde el perdón recibido y el perdón dado se unen mediante una misma conjunción, como dos movimientos de un mismo gesto. Agustín la retoma en sus comentarios litúrgicos; los místicos medievales la redescubrieron en sus propias experiencias de misericordia; e incluso en la enseñanza contemporánea de la Iglesia, esta parábola se invoca siempre que es necesario recordar que la misericordia recibida exige inherentemente la misericordia dada, no por una obligación moral impuesta externamente, sino porque es la misma realidad que debe seguir fluyendo en nuestro interior.
De esta parábola no emergemos con una nueva ley que observar, sino con una pregunta que discretamente nos acompaña día tras día: ¿qué hemos olvidado haber recibido? Crisóstomo, en las últimas líneas de su homilía, no concluye con una suavización tranquilizadora. Permite que la severidad del texto resuene, porque sabe que es precisamente esa severidad la que, paradójicamente, puede hacernos más amables con los demás, al recordarnos cuánta paciencia necesitamos nosotros mismos. «Tales almas duras y sin caridad no son dignas de ser llamadas hijos de Dios» (Homilía 61): esta es la frase que debe acompañarnos, no como una amenaza, sino como un espejo que nos muestra nuestra propia memoria fallida.
Lectio divina
«¿No debías tú también haber tenido misericordia de tu compañero, así como yo la tuve de ti?» (Mateo 18:33)
¿Qué deuda, perdonada hace mucho tiempo, has olvidado en silencio? ¿Hay alguien a quien aún le exijas una suma insignificante, aunque tú mismo te hayas liberado de una carga que jamás podrías soportar? ¿Qué pasaría si, aunque solo fuera una vez, dejaras de contar las deudas que mantienes en silencio?
Señor, me has perdonado una deuda que no podía pagar. Mira mis manos, que aún guardan rencor. Enséñame a liberarme. Que mi corazón deje de contar deudas. Hazme un hombre sin deudas, una mujer sin viejas deudas. Que tu misericordia sea mía, por fin, por completo.
Una mano que sostenía un puño se abre lentamente y deja caer en silencio una moneda que ya no necesitaba sostener.
✝ Referencias bíblicas
2 pasajes · 2 libros
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El Evangelio de la Palabra: una profunda teología de la Encarnación y los signos de Jesús.
→ Explora el Códice Juan- Lo que queda hoy es la fe, la esperanza y el amor; pero el mayor de ellos es el amor (1 Corintios 12:31–13:13)
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- Si alguno recibe al que yo envío, me recibe a mí (Juan 13:16-20).
- Os saluda Marcos, mi hijo (1 Pedro 5:5b-14)
- Uno de vosotros me traicionará… El gallo no cantará hasta que me hayas negado tres veces (Juan 13:21-33, 36-38)
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El Evangelio del Rey: Jesús, el nuevo Moisés, cumple las Escrituras para Israel y las naciones.
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- No os digo que perdonéis siete veces, sino setenta veces siete (Mt 18:21-35).
- Perdona a tu prójimo el daño que te haya hecho; entonces, con tu oración, tus pecados serán perdonados (Eclesiástico 27:30 – 28:7).
- Al pecar contra vuestros hermanos y herir su débil conciencia, pecáis contra Cristo mismo (1 Cor 8:1b-7, 10-13).
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